21 de julio de 2017

Costa Rica - Monteverde - Hotel El Establo



El hotel de las cuestas

La teoría es que estaremos alojados en el mejor hotel de Monteverde-Santa Elena, El Establo, aunque el pálpito en mi interior desde antes de la partida era fluctuante, en ocasiones confiado, y en ocasiones desconfiado. Su situación no está mal del todo, no muy lejos del pueblo en sí, lo que facilita el llegar a él, si no fuera por esa empinada cuesta que nos separa y que si ya es difícil de afrontar mentalmente no quiero ni pensar lo que será caminarla (no, no estamos para trotes en este viaje). 


La recepción es un caos de gente, de los que se van y de los que llegamos. La primera sorpresa, es que para ir hasta nuestra habitación nos llevan en una minivan, porque las habitaciones del hotel se distribuyen en edificios que van subiendo la altura de la colina en la que se encuentran. 


Nuestra habitación está situada en el primer edificio, y es un desencanto total, tanto porque al tener tan poco altura no tenemos vistas del precioso paisaje, como por su decoración interior, muy anticuada y con nada de encanto. La primera sensación es la de estar en un spa añejo, y por este edificio cargamos con nuestras maletas escaleras abajo para llegar a ella. 


No hay tiempo para mucho, ni para quejarse de la habitación (además la recepción sigue colapsada), colocamos ropa y maletas con poco convencimiento, nos damos una ducha y sin necesidad de llamar a la furgoneta encargada del traslado de los clientes colina arriba, colina abajo, nos vamos andando porque no estamos lejos y así exploramos un poco el lugar. Lo primero es ir a comer que luego realizaremos nuestra primera excursión en Monteverde.

A la mañana siguiente, tras el desayuno, nos pasamos por recepción para mostrar nuestras quejas ante la habitación, con vistas al parking y una pequeña zona de verde donde en cualquier momento nos podemos encontrar con la mirada de un paseante. Nos ofrecen un cambio de habitación, aunque en este momento no podemos realizarla, tenemos una excursión, con lo que quedamos que a la vuelta lo haremos, vamos a ver donde nos ponen ahora. Nos pasan al edificio siguiente, al segundo piso, por lo menos estamos más altos, sin vistas al párking. 


La decoración de la habitación mantiene la tónica de la anterior, aunque los muebles parecen menos viejos, o por lo menos tienen una mayor capa de barniz y de conservación. 



Ahora tenemos un balcón, y algo de vistas, a las que hay que esperar si la niebla se ha apoderado de ellas. 





La ventaja de nuestra nueva ubicación está claro que son las vistas, y por el contrario, la desventaja es que podremos bajar andando al restaurante donde sirven los desayunos, pero no así subir, yo por lo menos, que las cuestas son bastante empinadas, y estos esfuerzos los reservo para las excursiones. Así que desde aquí, las subidas en minivan, las bajadas a pie. Las habitaciones situadas en los edificios más altos tendrán unas vistas estupendas, y en contra, el depender de la minivan para entrar y salir, o realizar ejercicio continuo. 

El baño es incluso algo más grande que el anterior, que ya era suficientemente grande y desangelado. Su ventilación es a través de una ventana grande al pasillo, que se puede abrir y cerrar (con mucho cuidado), ya que es un panel de cristales en persiana. El buen detalle, disponer de bañera y ducha; lo extraño, la situación del inodoro, junto a la puerta (en caso de necesitad urgente puede resultar útil). 



Subiendo por la carretera, de vez en cuando hay un pequeño camino lateral paralelo por el que caminar más tranquilamente, accedemos a los edificios más altos del hotel; la pena fue que no llevábamos la cámara en uno de estos paseos para haber fotografiado el cruce por la carretera de un gran grupo de coatíes o pizotes, entre 20-25. Nos quedamos asombrados, y no sé que hubiera pasado si en lugar de estar a bastante distancia, hubiera ocurrido justo a nuestro lado. 


Llegamos al edificio que aloja la piscina, no demasiado grande, semi a cubierto, y con unas buenas vistas. Enfrente se sitúa la zona de spa, pero no llegamos a entrar. 


Extraño nos parece un recinto vallado en el que hay varios pavos reales, que son preciosos, pero no preguntamos la razón de tenerlos allí. 


Abajo del todo del complejo se encuentra la cafetería Las Riendas, donde sirven desayunos, comidas y cenas. Es un amplio espacio donde por las mañanas hay un bullicio y una ocupación completa. Aquí realizamos nuestra primera cena, un bocadillo de pavo y un sándwich de pollo, aceptables pero nada del otro mundo. 



Arriba del complejo, detrás del spa, se sitúa el otro restaurante, Laggus, que ofrece una comida más elaborada. La segunda noche cenamos aquí previa reserva, y como solicitamos una hora temprana todavía no habían llegado los comensales, por lo que pudimos hacer una fotografía del local. 



Nos sirven un simpático aperitivo de aceite y vinagre, acompañado de frutos secos y queso rallado. La presentación tipo yin y yang es chula.


Nos dejamos aconsejar por el maitre en la elección del vino, preguntándole entre dos, nos sugiere el argentino Saurus, que resultó estar francamente bueno. 


Compartimos de entrada un atún al estilo nikkei, con vinagre de soja y ensalada de fresas. 


La recomendación en recepción fue que pidiéramos carne, que era un auténtico manjar, y eso es lo que hicimos. Un Rib Eye a la Jimena, de ternera angus, acompañado (que no bañado porque va en salsera aparte) de salsa de queso, patatas y verduras. 


Y un lomito Romeo & Julieta, con salsa de vino y salsa de trufa blanca, con patatas y verduras. En este caso, la salsa si moja la carne, pero no con exceso. 


Una carne exquisita sin lugar a dudas, creo que la mejor que hemos comido durante todo el viaje. 

De postre compartimos una fantasía de chocolate: brownie de chocolate, cesta de chocolate con helado de vainilla y mermelada de naranja, y espuma de chocolate blanco con perfume de triple sec. 


El Establo no es un mal hotel, pero no es el tipo de hotel que nos guste o nos encante; no puedo dejar de recomendarlo porque su localización es buena, sus habitaciones no están mal, sus vistas (con habitación en los pabellones más altos del complejo) son preciosas…pero no nos ha convencido, posiblemente si no hubiéramos venido desde la excelencia del hotel Nayara Springs, la comparación no hubiera resultado tan negativa, pero aún así, creemos que tiene muchos aspectos a mejorar y limar. Lo mejor, el restaurante Laggus, y por supuesto, la atención del personal en todo momento.

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