9 de octubre de 2017

Costa Rica - Isla del Caño


Un caño viviente 

El tercer día de estancia en Casa Corcovado Jungle Lodge incluye una excursión a la isla del Caño, que hemos visto durante el viaje para llegar, y sobre todo desde el Margarita Sunset Point disfrutando del atardecer. 

Es una isla de 326 Ha, y como en ella se han encontrado esferas de granito precolombinas, los arqueólogos creen que pudo haber sido un lugar sagrado o un cementerio. El acceso está controlado, con un número máximo de visitantes, y además sólo se puede acceder a su playa, nada de pasear por la isla por nuestra cuenta.



Durante el viaje estamos pendientes de si la suerte nos acompañará en la visión de alguna ballena; al principio algún barco de pesca o de excursiones.


Aunque no fue nada realmente espectacular, vimos una madre con su hijo, que nunca llegaron a levantar sus colas, que es lo que hace el momento espectacular, como tuvimos ocasión de disfrutar en Kaikorua (Nueva Zelanda) o en Tadoussac (Cánada). Al menos vimos sus lomos y sus pequeñas coreografías. 


No desembarcamos en la isla, primero fondeamos frente a la playa, ya que vamos a hacer snorkel, para lo cual hemos cargado una mochila con gafas y aletas para bucear (patas de rana para nuestro guía). Así que una vez pertrechados, ¡allá vamos! 


En los alrededores de la isla se han clasificado al menos 15 tipos de coral, aunque tal y como nos pasó en el Parque Nacional Cahuita no llegan a la espectacularidad de los de Michaelmas Cay (Australia), pero no hay duda que la experiencia merece la pena. 


Lo que vemos más, y en grandes cantidades, son peces, de bonitos colores en algunos casos. 





También rompemos la paz de una bandada de peces. 



Nuestro guía ejerce como tal, nos va dejando solos, y de vez en cuando nos da un toque de atención para que le sigamos y así vayamos descubriendo nuevas zonas, o alertándonos de la visión de peces, corales o esta bonita tortuga. 



Tras un buen rato de diversión desembarcamos en la playa de la isla. Aquí pasamos otro rato a nuestro aire, bañándonos o descansando, buscando la sombra de los árboles; eso sí, con cuidado de no pasar las líneas prohibitorias terrestres o marinas.




Cuando llega la hora de volver a embarcar, me levanto de la toalla y ¡madre mía!, tremendo vértigo el que siento, las náuseas se apoderan de mi estómago y miedo me da la navegación que nos espera y los pequeños o grandes botes sobre las olas. 


En el bote todos van preocupados por mí salud (gracias), que he decidido quedarme sentada en la parte de atrás, por comodidad en el embarque y desembarque, y porque en caso de que llegue a vomitar que nadie tenga que sufrir una visión asquerosa. Nuestro guía ha dado el aviso en el lodge de mi estado físico, y de que no nos quedaremos en la playa para comer de picnic, que volvemos al lodge, con comida o sin ella; y aquí, un tremendo diez a la organización, que nos prepararon una comida.

Por la tarde los planes de nuevo se cambian, yo me la tengo que pasar en la cama, el ponerme de pie es completamente inestable, así que prefiero descansar todo lo posible que mañana nos toca el viaje de vuelta y va a ser duro; una pena porque no nos dimos ni paseos por los senderos (que era nuestra intención) y tampoco hicimos la excursión nocturna, que nos hubiera gustado, o incluso repetir el bonito atardecer, que no creo que decepcione nunca.

Por la noche, una tormenta descarga sobre la península de Osa, y no fue una tormenta cualquiera, fue de las que asustan mucho, más cuando sabes que estás aislado: mucha agua, rayos, truenos, y algún árbol que cayó fulminado… veremos si mañana que es día de partida lo podemos hacer o no.

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